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Cuanto todo termine, vloveré a pensar en viajar.

Sé que mi tema es viajar; sé que quizá debería estar invitando a planear viajes durante el encierro, dando consejos de cómo ahorrar para viajar o cosas así, como hacen otros bloggers. Pero no puedo, y créanme que lo he intentado. 

He tenido pesadillas. Muchas. Desde las que me provocan angustia por estar perdida, en las que se me cae el cabello o los dientes, en las que se abre el suelo frente a mí, o la que es la “más peor” de las peores en mi caso: que me hundo en el mar. Porque temo a las profundidades como no tienen idea. 

Pero ninguna de mis pesadillas fue tan terrible como la que viví hace unos días sabiendo que es real: cruzar el centro comercial rumbo a la máquina para validar el boleto del estacionamiento, por pasillos solitarios, con las cortinas de los comercios bajadas, el vigilante con tapabocas y guantes que me miraba sigiloso, y alguna que otra persona que pasaba en sentido contrario y con quienes crucé apenas la mirada en una “sana distancia” provocada por ambas partes al andar. 

Ninguna de mis pesadillas han sido en el encierro de casa, con una higiene casi compulsiva, con el lavado de manos hasta sentirlas rasposas por la noche. Conteniendo el impulso de abrazar o besar a quien amas o manteniendo la distancia de mi madre, más allá de la recomendada para no dejar cabida al riesgo. 

Ninguna de mis pesadillas había incluido noticieros reportando miles de defunciones en naciones que quiero tanto; y mucho menos incluía la despedida de un amigo a causa de esta enfermedad que nos tiene aislados. 

Sin embargo, nada opaca mi fe y la esperanza de que luego de esto, seamos mejores. De que salgamos fortalecidos, más unidos, más conscientes del cuidado de este planeta que es nuestro hogar y de nuestro cuerpo. 

Ojalá aprendamos mucho de esta experiencia: a alimentarnos de una forma más saludable, a disfrutar de los momentos en soledad, a convivir con los nuestros, a mirar al cielo con tranquilidad y a tomar un respiro de la siempre agitada vida. 

Después de todo, nada es eterno, de todo se aprende y sé que cuando todo esto termine, volveremos a estar juntos, volveremos abrazarnos, a estrechar manos y sonreírnos de frente. Y entonces, segura estoy que volveré a pensar en viajar.