La Travesía Sagrada Maya cambia vidas

Xcaret, Cozumel, Playa del Carmen

4 am, suena el despertador y la oscuridad aún cubre Playa del Carmen (Quintana Roo). Despierto a mi hija y ella, sin renegar se levanta a sabiendas de que algo hermoso viviría ese día y valdría con creces la pena semejante madrugón. 

Vamos hasta Xcaret y el parque en la oscura soledad es otra cosa, los sonidos invaden los sentidos y unas cuantas luces nos llevan por un estrecho camino hasta que a lo lejos se ve la luz, se escuchan las voces y el aroma a incienso es cada vez más intenso.

Ahí, en la caleta hay mucha gente… cuánta? No lo sé, pero sí noto su emoción, alegría y hasta preocupación. Quiénes son todos ellos? Amigos, familiares y alguno que otro desconocido de los canoeros. 

La ceremonia inicia y aunque no entiendo nada de Maya pongo atención a cada palabra en silencio total; sin embargo, el golpear de las olas, el vuelo de las aves y el murmullo de la gente me distraen. El cielo comienza a pintar de amarillo-naranja anunciando la salida del astro Rey y los gritos me hacen voltear… a lo lejos viene los 350 hombres y mujeres que han tomado esta misión con el alma en sus manos.


Ataviados adecuadamente se van acercando a sus respectivas canoas en grupos de 10. Aplausos, gritos, porras, música… todo en conjunto logra una armonía perfecta que les envía mensajes de aliento; entonces, el mar parece invitarlos a pasar y hasta quiero pensar que se ha calmado un poco, que sus olas en señal de bienvenida se han vuelto más lentas y bajas… esas aguas típicas del Caribe, claras, cálidas… adorables, que en lugar de golpear acarician. 

Sale la primera canoa y el ánimo se levanta; una a una van tomando su rumbo entre olas, gritos, risas, porras, bendiciones… llanto. La emoción se hace sentir y la piel lo entiende. A mi lado una mujer despide a alguien, entre más se aleja esa canoa sube más los brazos para dar un largo adiós, cuando la canoa desaparece a la distancia, ella deja caer sus manos, suspira, se altera un poco y las lágrimas comienzan a correr por sus mejillas; cruza los brazos y su hija pequeña la abraza: “por qué lloras mamá?”, abre la boca pero las palabras simplemente no salen; entonces la pequeña solo agrega “Estás muy emocionada, verdad?”, y la mujer asienta con la cabeza. 

En ese momento busco a mi hija entre la multitud, me ve y agrega: “Mami, no pensé que fuera a ser así, tengo algo en la garganta, tengo ganitas de chillar”. La abrazo y nos retiramos, porque aún faltaba mucho por ver.

Luego de desayunar vamos en catamarán a alcanzarlos. Pasan unos 20 minutos de recorrido en el mar cuando alcanzamos a ver a la primera canoa, van en silencio y concentrados en un gran esfuerzo. A partir de ellos comenzamos a verlos a todos, unos cantan, otros ríen, otros gritan y nosotros les echamos porras: “!vamos!” “!adelante!”… cada quien a su modo. Veo mover sus brazos, los remos en sus manos… sus rostros y me pregunto qué los lleva hasta ahí. Sé bien que sus cuerpos los mueven, pero qué los impulsa? 

Son 31 kilómetros remando para completar el recorrido de Xcaret a Cozumel. Siguen y seguimos de cerca su travesía hasta que al fin el cambio del color del mar nos dice que estamos cerca de la meta, de Chankanaab. Es casi el medio día y la ceremonia está lista para recibirlos teniendo como testigos a los señores sostenedores de los cuatro rumbos cardinales y guardianes de los vientos. Entrando las canoas poco a poco y apenas tocan la arena, unos se abrazan, otros corren hacia sus familiares que los esperan felices, y algunos más prefieren sumergirse en las aguas cristalinas. Cuando todas han llegado se hace la ofrenda.

Cansados, sedientos, con hambre, pero felices continúan con la fiesta que evidentemente comienza en sus corazones y les sale por los poros, en la sonrisa y la mirada. Serán los mismos que partieron horas antes de Xcaret? No lo creo, aquí han llegado hombres y mujeres mucho más fuertes y seguros que los que vi esa mañana.

Pero como todo lo que sube tiene qué bajar, aquí lo que fue debe regresar y al siguiente día, una vez cumplida la misión de ofrenda y consulta al Oráculo de Ixchebeyax, todos volvieron de la misma forma, en canoas y remando luego de la ceremonia de los cuatro Pahuantunes. Pero el sentir entonces era diferente, más relajado el andar y su actitud quizá con un peso menos encima.

Lo más emocionante estaba por ocurrir, la llegada a Polé (Xcaret) fue un derrame de sentimientos, lágrimas, felicidad y demostraciones de afecto. Mientras un delfín saltaba y las guacamayas volaban para agradecer su llegada, no restaba más que aplaudir con palmas y corazón la hazaña y valentía demostrada. 

Definitivamente, vencieron temores, reflexionaron en la mitad del mar, retaron las olas y curaron heridas. Qué será la magia de esa Travesía? La sal del mar, la prisa del viento, el Sol, la brisa, la ceremonia, la fe…? No lo sé y quizá incluso ni los que participan lo sabrán explicar con certeza.

Un canoero me dijo "la Travesía cambia vidas" y no lo dudo nadita luego de verlos partir, en pleno mar y regresar fortalecidos.

Así, en el sur de mi país, acá en México, en el mes de mayo, se realiza una Travesía Sagrada Maya cada año, pero a la vez se llevan a cabo cientos de travesías personales que llegan a buen puerto, a navegar en las tranquilas aguas de la vida tras 6 meses de preparación, mucha decisión y dos días de valentía.

Más información en: www.travesiasagradamaya.com.mx